Sin categoría

Islas Malvinas: encuentro con los niños vestidos de soldados

               La primera discusión sobre las islas se produjo en el Crucero Star Princess que nos llevaba a las Islas, mientras tomábamos café, un mexicano residente en estados Unidos nos preguntó.

               -¿Por qué insisten en llamarlas Malvinas si se llaman Falkland Islands?

               Le respondimos que esa pregunta no era difícil, la conocimos  en el mapa como Islas Malvinas y no vemos que nada haya mudado para empezar a llamarla de otra forma. Yo sacó de mi mochila el libro “Hacia los confines del mundo” traducido al castellano, donde el propio Fitz Roy, habla de las Malvinas, con ese nombre.

               En fin, discusiones más discusiones menos, no disminuyen la enorme ilusión que nos hace llegar hasta este archipiélago del continente austral.

               Aproveché un aniversario de matrimonio para cumplirle el sueño a mi esposo de visitar las Islas Malvinas, ilusión que compartimos con  varias de las más de dos mil personas que van en el crucero.

               Los camareros nos infunden miedo diciendo que en la campaña de verano, hay cruceros que no desembarcan en las Islas por mal tiempo, pero confiamos en que eso no nos va a pasar a nosotros.  Nos ponemos de acuerdo con un matrimonio argentino para ser los primeros en desembarcar.

               Intentamos tomar el tour del crucero que visita los lugares más importantes de la Isla, pero estaba todo agotado, al parecer reservan estos tours solo para la gente que viaja en primera clase. Pero yo tenía plan B, había contactado con un operador  de las Malvinas por Facebook, Sebastian Socodo, quién me ofreció dos posibilidades de tour, uno más personalizado para 4 personas, que salía 200 dólares cada uno, y otro en un bus para 15 personas por 50 dólares por persona. Intentamos conseguir una segunda pareja, pero no fue posible por lo que optamos por el tour en bus.

               El tema no menor era el desembarco, había que estar de los primeros para conseguir número, una amiga argentina se ofreció para encargarse de esa misión y nos consiguió los números 49 y 50. Cada lancha tiene capacidad para sesenta personas, por lo que si la mitad del barco quiere  bajar es decir 1.200  hay que considerar por lo bajo 40 viajes y entre uno y otro hay unos cinco a diez minutos de espera, habíamos sacado la cuenta que si bajábamos en las primeras lanchas, prevista para las 9 de la mañana, podríamos estar en tierra a las 9 y 20 y tendríamos hasta las 5 de la tarde para recorrer la isla.

 

               A las 9 ya estábamos esperando en el comedor el llamado a la primera lancha, había que tener cuidado con los  turistas chinos acostumbrados a colarse en las lanchas y así a fuerza de empujones y codazos logramos meternos en la primera lancha y poner dirección a Puerto Argentino, o como diría nuestro amigo mexicano Port Stanley.

               La bajada, es decir poner pie en Isla Soledad, fue un poco caótica ya que había muchos tour operadores, había mucha gente ofreciendo recorridoss, la mayoría al City tour, Berthas Beach y Gypsy Cove. El problema era que nosotros queríamos ir Darwin al otro lado de la Isla  Soledada ver el Cementerio Argentino, y queríamos además ir a ver los teatros de operaciones de la guerra, pero al parecer nadie quería ir para allá. Llegaron las dos lanchas siguientes y el caos aumentó, allí logramos ubicar a Sebastián, quién nos indicó que éramos primeros pasajeros del bus y él no sabía en qué lancha bajaría el resto, nos propuso dar una vuelta por el pueblo y regresar a las 10 y 15.

               Hicimos eso, compramos unos recuerdos y tomamos unas fotos y volvimos a las 10:15 al embarcadero y no había bajado aún el resto de los pasajeros.

               Sebastián nos dijo que en reconocimiento a nuestro esfuerzo por bajar de los primeros, si a las 10:30 no llegaba el resto de los pasajeros del bus nos mandaría en un vehículo privado a los dos, conservando  siempre los 50 dólares cada uno. Fue lo mejor del viaje a las 10 y media, acompañados de Damian un veinteañero “Kelper”, es decir un ciudadano nacido en las islas, de padres argentinos nos llevó a hacer el  tour en un vehículo doble tracción y con el volante a la derecha, tal como se conduce en Inglaterra.

               No sé por qué, pero conocí a muchos argentinos que tenían la idea que se podía ir al cementerio bargentino de Darwin caminando y de hecho esos eran sus planes. Pero eso es imposible. Darwin queda al otro lado a 88,8 kilómetros de Port Stanley y se tarda entre una hora 15 y una hora y media, atravesando un paisaje entre llanura y pedregales y  que atraviesa un par de rieachuelos, el único emplazamiento grande que uno divisa es la base militar que mantiene el Gobierno Británico allí y que según nos cuenta Damián, genera un gasto diario de un millón de libras esterlinas. En esa base aérea, aterriza el único vuelo ordinario que hay los sábados a la isla, un Latam que hace el viaje Santiago-Punta Arenas-Malvinas. La mayoría de turistas llega vía cruceros.

               Finalmente y cerca del mediodía llegamos al cementerio Argentino, luego de atravesar la extensa Pradera del Ganso, por un camino de tierra. El cementerio sobrecoge, cuando arribamos  no había nadie, sólo el silbido del viento y el canto un pequeño pajarillo que acompaña el descanso de los allí sepultados, “niños vestidos de soldados que cargan en su mochila armas de juguete” ” como recoge un poema de Pablo Ríos, que está allí en un placa, junto a la Virgen de Luján.

               Una amiga de Buenos Aires,  nos pidió llevar en su nombre un ramo de flores y dejarlo en alguna tumba sin identificar, no pudimos cumplir ese pedido, las autoridades de la isla impiden ingresar flores o cualquier objeto al cementerio, a regañadientes han permitido que se pueda dejar solo un rosario. Vistas así las cosas, lo único que pudimos ofrecer a esos soldados niños fueron nuestras oraciones y nuestras lágrimas, eso nadie lo puede prohibir.

               La lista de las  649 bajas argentinas está allí en varias placas, mientras el cementerio registra 237 cruces blancas, todas iguales frente a las tumbas de soldados, algunos de ellas identificados y otros con una placa que dice “soldado argentino solo conocido por Dios”.

               Estuvimos allí unos 40 minutos recorriendo, rezando y escuchando el sonido del viento, recé mucho por esos soldados,  sólo conocidos por Dios, pensando si sus madres podrán algún día tener la oportunidad de rezar en la tumba de este soldado-niño.

               Cuando nos íbamos comienzan a llegar los minibuses con turistas del barco, mientras nosotros rehacemos la Pradera del Ganso para conocer los teatros de guerra. Vemos las precarias condiciones que tuvieron esos niños soldados para defender la isla, solo encontramos unos balones de gas quemados y restos y trincheras  de defensa construídas a pulso. Nos imaginamos la crudeza de ese invierno de 1982, mientras el resto de nosotros desde nuestras zonas de confort, no podíamos siquiera imaginar lo que es ir a una guerra en el fin del mundo, y, más que hacer frente a un ejército hay que batallar con la nieve, el frío, el viento  y el hambre, enemigos para los que nadie está preparado.

               Seguimos recorriendo la Isla Soledad, pero sin poder desanudar las diferentes emociones que nos produjo la visita al Cementerio de Darwin.

               Recorremos  las pinguineras de Gypsy Cove, hacemos un mini treeking por Marthas Beach, caminamos por el pueblo, visitamos el Museo de la colonización británica y sobre todo escuchamos la historia de Damian un joven con ilusiones como cualquier otro, tiene pasaporte británico, pero corazón argentino y ama profundamente estas islas que lo vieron nacer. Próximamente partirá a Londres a estudiar en la Universidad, con gastos pagados por el estado  y en un rapto de honestidad reconoce que el estado británico trata mejor a los isleños que como lo hacía el estado argentino.

               Nos despedimos de Damián en el Museo, lo abrazamos fuerte, deseando que logre estudiar en Londres y pueda volver, como es su deseo a sus raíces de Kelper. Ejerció muy bien su trabajo de guía, pero fue mucho más allá, nos compartió sus emociones, nos contagió su amor a la historia de las islas y nos mostró paisajes que quedarán siempre en nuestros corazones.

About the author

Relative Posts

Loading Facebook Comments ...

3 Comments

  • María Fernández 19 agosto, 2019 at 12:10 pm

    Maru. Con tu narración, nos transportas!!
    Felicidades!!

    Reply
  • María Fernández 19 agosto, 2019 at 12:11 pm

    Maru. Es un placer leerte!!

    Reply
  • Ana María 19 agosto, 2019 at 4:23 pm

    Hola, que linda y a la vez triste historia, creo que será imposible olvidar esa guerra por esas islas. Muchas gracias por compartir…muy buenas fotos..te sigo leyendo, abrazos 🤗

    Reply

comenta

Leave a Reply

Your email address will not be published.