Europa

El viejo puente de Mostar y su trágica historia

El domingo 5 de agosto nos vamos a Mostar, llegamos temprano al terminal de buses ya que como dije anteriormente en verano es un verdadero caos, ya que allí confluyen el terminal de buses que  vienen del aeropuerto, la estación de trenes y el terminal marítimo de pasajeros, así es que todo el día hay muchísimo movimiento.

La partida está prevista para las 10:30 horas y la primera hora de viaje, a orillas del adriático se hace lenta por qué hay mucho tránsito vehicular que se dirige a la zona playera de Makarska, por lo que el conductor toma un atajo por un cerros aledaños y luego volvemos a salir junto al Adriático. Finalmente abandona la línea de costa y se dirige a las montañas.

El conductor me pone un poco nerviosa ya que habla mucho por teléfono y conversa con su asistente sin prestar mayor atención a las curvas. Cuando ya hemos completado 2 horas y media de recorrido y nos aproximamos a la frontera de la que nos han hablado mucho, pero nada de bien, se produce un hecho extraño. El chofer abandona la pista principal, y se mete en una camino de tierra donde  hace una maniobra para devolverse. Al poco rato llego un vehículo con una muchacha de pelo largo. Ambos conversan y el conductor se baja del bus y la mujer toma el volante.

Esto me alivia ya que pienso que ella será más cuidadosa para manejar, esperanza vana, ella  ¡es peor¡, tiene una habilidad impresionante, sorprende la capacidad que tiene de hacer miles de cosas, conduce, contesta el teléfono, se hace un moño y se pone unos elásticos en el pelo, abre unos paquetes de papas, fritas y come, y luego vuelve a modificarse el peinado.

Finalmente llegamos a la frontera, ellas recoge los pasaportes, baja, tarda como 15 minutos reparte los pasaportes y retoma la ruta, un cartel informa que faltan 36 kilómetros para llegar a Mostar. Llevamos ya 4 horas de camino y el bus no tiene baño, hasta que adivinando nuestro interés sanitario, detiene el bus en algo que parece terminal e indica con la mano una dirección donde debería haber baño.

Varios pasajeros, nos ilusionamos y comenzamos a bajar una escalera y luego otra y otra y baño nada, al final parece ser que ese era un refugio durante la guerra, huele muy mal, y decidimos retornar a la superficie y aguantar hasta llegar a Mostar. Finalmente faltando poco para las 16 horas llegamos finalmente a Mostar, el terminal luce abandonado, todo está cerrado y también los servicios higiénicos.

Salimos en busca de un taxi, nos damos cuenta que no tenemos moneda local, el marks bosnio. Frente al terminal  hay una cafetería y allá vamos en busca de baño y cambio.

Preguntamos si podemos tomar algo, pagar en euros y que nos vuelto en marcos bosnios y el camarero dice que no hay problema, siempre que el billete sea pequeño, le muestro un billete de 20 euros, y afirma con la cabeza.

El café tiene muy buena pinta, además de aire acondicionado, podemos ir al baño y descansar un rato. Pagamos con un billete de 20 euros y nos da de vuelto 30 marks bosnios. Nos dice que eso nos alcanzará demás para pagar el taxi, ya que nuestro hotel está muy cerca. Efectivamente el taxista nos cobra 5 marcos.

Hemos reservado en el Hotel Bristol que está a orillas del Neretva, de hecho nuestra habitación en el cuarto piso da al río, quedamos en el lado cristiano. El recepcionista muy atento, nos indica cómo llegar al puente de Mostar, Stari Most y al Bazar que hay allí, nos marca en un mapa los puntos de interés.

Estoy contenta, a pesar del sol que cae de forma inclemente sobre nuestra cabezas. Caminamos por una calle peatonal paralela al Neretva.

La primera vez que escuché hablar del este mítico río fue hace años cuando vi una película de Yul Brynner, llamada “La Batalla del Neretva”, donde trabajaban además, Franco Nero Sylvia Koscina e incluso Orson Welles hacía un pequeño rol.

La película era, a no dudarlo, una película de guerra, una batalla interminable entre las heroicas fuerzas del Mariscal Tito, formada por unos pocos soldados e integrada por el pueblo llano, incluido mujeres y niños, que se enfrentan al poderoso ejército de Hitler y sus aliados.

La imagen de esos campesinos desarrapados, luchando por el derecho a vivir en paz en su país, me quedó grabada por años y esos montes nevados, donde Sylvia Koscina, peleaba con los tanques alemanes a punta de bombas molotov, nunca los olvidé. Y vuelven a mi memoria al ver edificios que muestral el impacto de las balas. Me recuerda las imagenes de la guerra que veía cuando vivía en España y escuchaba los despachos de la guerra de los Balcanes que hacía la periodista Angela Rodicio para Televisión Española.

Todas estas imágenes se aglutinan en mi mente mientras nos dirigimos al viejo Puente de Mostar, Stari Most. Sin embargo nuestro encuentro con el puente va a tener que esperar mi hija se queja que van a ser las 17:30 y aún no hemos almorzado por lo que decidimos intentar en un restaurant árabe donde preguntamos si aceptan euros y nos dicen que no hay problemas y si nos tienen que dar algo de vuelto nos lo darán en marks.

Pedimos un goulasch con papas que está muy bueno y nos provee de energía para nuestro encuentro con el puente.

El camarero nos ofrece unos dulces árabes, que no nos animamos a rechazar, pero le pedimos que nos los envuelva para llevárnoslos.

De allí nos dirigimos al Puente en la medida que nos acercamos al bazar aumenta el flujo de turistas. El Puente está a tope, pareciera que toda la gente que faltaba en el terminal de buses se ha dado cita aquí y sacarse una foto arriba del puente se ve como imposible.

Miramos el bazar y hay muchas artesanías de cobre, le pregunto al dueño si sabe el origen del cobre y dice que no tiene idea, que en Bosnia-Herzegovina, no hay minas de cobre y que ha escuchado que traen el cobre de algún lugar de Sudamérica. Le comento que mi país, Chile es uno de los principales productores de cobre del mundo y que en la ciudad donde yo vivo, Antofagasta, están las minas de cobre más grande de Chile. El tendero me mira con cara de incredulidad y mueve la cabeza, sin dar crédito a lo que le digo.

La verdad que es emocionante cruzar el puente que ha servido de vinculo de unión por tantos años, de gente que profesa fe diferente, pero que aparte de eso son las mismas personas con similares preocupaciones, e ilusiones.

El puente fue construido en 1566 por orden el sultán Suleiman el Magnífico, que quería con el, reemplazar un viejo puente de madera que cruzaba el río Neretva. Amenazó al arquitecto otomano Mimar Hayruddin con las penas del infierno si el puente quedaba mal hecho. Tan asustado estaba el constructor, que una vez terminada su obra magistral, huyó en dirección desconocida.

 

Pobre, no debió haberlo hecho, el puente se mantuvo incólume por casi 500 años y sólo la ceguera, ira y sinrazón humana fue capaz de derribarlo el 9 de noviembre de 1993.

Así, un puente que es por antonomasia símbolo de unión pasó a ser motivo de división, de separación.

Si bien es cierto hay otros puentes que comunican ambos lados del río Neretva, el puente otomano tenía un significado más que especial para unos y otros.

Por eso la UNESCO, decidió pedir ayuda al mundo e iniciar las obras de reconstrucción de esta obra, la cual se debía hacer empleando los mismos materiales y planos que en su momento usó el arquitecto Hayruddin. Y también se deberían reconstruir sus dos torres Alebija y Tara.

Finalmente, el puente y sus torres, fue reabierto el 23 de julio de 2005 y tanto Suleiman el Magnífico como Hyruddin, habrían quedado muy satisfechos si hubieran podido ver con sus propios ojos la obra, la cual un año después, es incorporada a  la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad.

Mientras la gente se agolpa arriba del puente y se pelea para poder tomarse una foto, nosotros decidimos bajar hasta la orilla del rio, yo quiero meterme al agua. Unos españoles que están a mi lado discuten sobre meter los pies o no y la chica dice que este río ha transportando una carga sangrienta. Yo concuerdo con ella pero creo que eso no nos inhibe de ingresar a sus aguas, como una forma de homenaje de todos aquellos que aunque lejanos, sentimos como hermanos y compartimos sus sueños de libertad.

Des arriba vemos como unos osados bañistas se lanzan a las aguas después de pasar un sombrero recogiendo propinas. Nos cuentan que esta es una rutina propia del verano y que a los turistas les encanta este espectáculo. No,  yo no creo que valga la pena exponer la vida así, creo que sería mejor que participaran en un torneo de clavadistas.

Nos sentamos un ratos a observar el mar de gente, muchos de esos que van de visita por el día y que han ido desde Split, Sarajevo o Dubrovnik, se afanan en poder tomar la mayor cantidad de fotos posibles, ya que solo les dan media hora y hay que volver. No es nuestro caso ya que dormiremos en Mostar, por eso decidimos caminar hasta otros puentes por donde circulan los vehículos, ya que Stari Most es sólo peatonal.

Luego recorremos la ciudad, las casas todavía muestran los impactos de la guerra, no todo ha sido reconstruído, y sus habitantes, tratan de seguir haciendo su vida habitual, ignorando la invasión turística.

Cae la tarde y las luces comienzan a encenderse, mientras algunos van a ver el puente iluminado nosotras nos dirigimos a visitar los cementerios. Impresiona ver  estos improvisados camposantos,  llenos de lápidas islámicas, como hubo tantos muertos, los cementerios tradicionales no dieron abasto y fue necesario, transformar cada plaza, cada parque en un cementerio, lo que tienen en común, estos lugares es que todos los fallecidos murieron entre los años 1993 y 1995. Independiente de la religión que tengan elevamos una oración por ellos y porque nunca una tragedia como esta vuelva a repetirse.

Son las nueve de la noche, estamos cansadas y hemos sido atacadas por escuadrones de mosquitos por lo que decidimos regresar al hotel, por mi parte pienso regresar mañana, nada más salir el sol para ver el puente a mis anchas.

Efectivamente, a las 6 de la mañana del lunes la ciudad comienza despertar y me sumo a ella. Rehago el camino hecho el día anterior, solo que a estas horas se ven a trabajadores que se dirigen a sus labores y a los aseadores que limpian los estragos que dejaron los turistas que ayer invadieron el puente.

A lo lejos diviso el puente sin nadie arriba, mientras me acerco a él veo a otros fotógrafos madrugadores como yo, que están retratando los rincones, sin gente que interfiera con la foto.

Puedo ver mejor el puente y sus torres las piedras que se usaron para su construcción, similares nos dicen, a las que se emplearon para construir el palacio de Dioclesiano y la Casa Blanca.

A lo lejos en el Río Neretva veo a unos novios que se sacan fotos con una cámara con trípode y disparador.

A mi regreso paso por el mercado que están empezando a ordenarlo, converso, bueno conversar es un decir, intento comunicarme con la señora bosnia que vende higos. Ella intenta conversar conmigo, yo presumo que me pregunta por mi procedencia y le digo que desde Chile, pero ella me mira sin comprender, le digo South América, Argentina, Brasil, México. Menciono México y su cara se ilumina y me lanza una frase muy larga que por más que hago esfuerzos no logro entender.

Entre conversa y conversa logramos hacer la transacción dos docenas de higo por 5 marks bosnios, no tengo cambio le doy un billete de 10 marks y le digo que no necesito el cambio.

Ella se despide afectuosamente de mí, me da un abrazo y finalmente en ese abrazo percibo que al fin nos hemos podido comunicar, que más allá de la diferencia de lengua, de religión, somos dos mujeres que sin importar las diferencias geográficas, albergan los mismos sueños.

Regreso al hotel como a las 9 de la mañana, ya que debemos irnos al terminal para tomar el autobús de las 10:30, que nos llevará a Dubrovnick, en el terminal hay ya muchos pasajeros esperando el mismo bus, mi hija hace cuentas y le sobran aún 35 marcos, decide ir hasta un local a comprar algunos dulces. La veo venir con una bolsa de dulces y dos helados cuando es prácticamente asaltada por un grupos de niños gitanos. No se resiste y entrega los helados los dulces y los últimos marks que le quedan, cuando llega a mi lado me dice simplemente, que no se debe privar a un niño de un dulce.

 

 

 

 

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3 Comments

  • Maria Eugenia Vargas 1 septiembre, 2018 at 1:30 am

    Creo que es una visita que te deja llena de emociones, contradictorias, alegrias, pero vale mucho la pena ir algún día a Mostar.

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  • Alejandro Bustos 3 septiembre, 2018 at 12:02 am

    El calor que ustedes sintieron es algo habitual, o más bien se debió a la ola de calor que afectó a Europa?.

    Reply
  • Maria Eugenia Vargas 3 septiembre, 2018 at 12:46 pm

    Con los cambiante que está el tiempo, aparentemente fue solo mala suerte ya que nos dijeron que otros años por las tarde incluso hace frío, pero en esta oportunidad la temperatura no bajó nunca, se mantuvo siempre sobre los 30 grados.

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