Croacia, Europa

Split: la ciudad de la alegría en costa dálmata

El viernes 3 de agosto partimos a Split, desde nuestro cómodo hotel al interior de los Lagos de Plitvice, salimos temprano a la carretera, ya que no hay terminal, el bus para en la berma misma y allí hay que tomarlo y nuevamente estamos sin asientos. La misma organización Valentina se encarga de las maletas y yo subo para asegurar los asientos. La llegada del bus está prevista para las 10:30.

276 kilómetros separan ambas localidades, la perspectiva optimista dice que podemos tardar 3 horas 30 minutos, mientras que la pesimista considera de 5 a 6 horas.

Antes de llegar a Split el bus deberá entrar a dejar y tomar pasajeros en Zadar, una playa muy solicitada en Croacia, donde tardamos entre una cosa y otra cerca de media hora.

El tránsito se hace lento, debido a que en general se trata de carreteras costeras angostas y con muchas curvas. Seguimos por un camino en el cual a ratos vemos el Adriático y a ratos nos internamos tierra adentro, y ya cerca de las 4 de la tarde entramos a Split, con mucho tráfico y el termómetro que no se mueve de los 35 grados.

El terminal de buses de Split, está a un costado de la estación de tren y frente al puerto de pasajeros, así es que el movimiento de pasajeros que van y que vienen en alguna dirección es incesante. Los tres terminales están muy próximos al casco antiguo, así es que a veces es mejor caminar en busca del hotel que tomar taxi, nosotros decidimos tomar taxi ya que nuestro hotel quedaba en la parte alta y nos tocó un conductor poco experto en el GPS, así es que tuvimos que poner a mi hija en esa afán y en pocos minutos ella resolvió el enigma y llegamos a nuestro hotel.

Reservamos por booking el http://urban-hostel.splithotelsweb.com/es/, el cual recomiendo plenamente excelente ubicación, buena relación calidad precio, y super limpio y bonito, superó nuestras expectativas.

Descansamos un rato, disfrutando el excelente aire acondicionado del hotel y bajamos en dirección al mar para recorrer el Palacio Diocleciano, uno de los principales atractivos de Split.

Lo impactante de esta ciudad sin duda es su intenso movimiento marítimo, Split tiene vocación de puerto, desde la parte alta se ve el constante movimiento de barcos, yates, ferries y cruceros que van y vienen en un tráfico intenso.

El casco antiguo es bonito con callecitas estrechas y donde no hay posibilidad de perderse como pasa en todas las ciudades que tienen cerro y mar.

Bajamos finalmente, hasta la avenida costera y nos encaminamos hasta el famoso Palacio, creado por el emperador Dioclesiano.

Split tiene como vocación la alegría, sucesivas invasiones, ataques incluso algunos recientes, no han afectado su vocación y a animada vida nocturna da cuenta de ello.

Nada más entrarse el sol y los visitantes y locales, sedientos de alegría se lanzan a los bares, restaurantes y discotecas en busca de un poco de diversión.

Parte importante de este esfuerzo en pasarlo bien se concentra en el Palacio Dioclesiano. Cuando uno escucha por primera vez hablar de un palacio, se imagina un edificio, pero no es así, originalmente lo era, un palacio para el emperador Dioclesiano, célebre por su persecución a los cristianos, decidió instalar sus reales en esta ciudad del mar adriático, muy cerca del lugar donde había nacido.

Construyó su palacio, y las dependencias para su corte y también las viviendas de los criados de dicha corte. El Palacio con objetivo de residencia y fortaleza militar fue construido entre los años 295 y 305. El Palacio medía 215 metros de este a oeste y 181 metros de ancho.

A su muerte el palacio continuó como residencia de los gobernantes romanos. En 1420 cuando los venecianos retomaron el control de la ciudad y circunvalaron la ciudad con una gruesa muralla para protegerse del rigor de los otomanos, de Napoleón y hasta del imperio austrohúngaro, el Palacio siguió cumpliendo el mismo rol.

Luego, en época moderna la última invasión es la de los turistas, que llegan en masa hasta Split y se instalan en lo que queda del Palacio, que son las ruinas y una ciudad moderna que ha ido emergiendo de cada rincón, transformada en heladerías, pizzerías, restaurantes, tiendas de recuerdos, casas de cambio, bancos.

La mini ciudad, alberga además a artistas callejeros, formales e informales, pintores, músicos que se han impuesto como misión entretener al turista.

Habíamos escuchado críticas que los precios que se cobraban al interior del Palacio Dioclesiano eran excesivos, pero la verdad, se aproximaba la mitad de lo que cobrarían a cualquier turista en el centro de París, de Nueva York o Barcelona.

Divertido resulta ver a muchos turistas que andan arrastrando sus maletas, son personas que vienen llegan o se van yendo y que no quieren perder sus últimos minutos sin una última miradita o un último gelato de pistaccio o straciatella.

Split amerita por lo menos unos dos día para recorrer el casco antiguo y si se quieren visitar las islas aledañas hay que considerar los días que sea necesario dependiendo el número de islas que se quiera visitar.

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2 Comments

  • Alejandro Bustos 3 septiembre, 2018 at 12:06 am

    Buen relato, creo que hay que hacer un viaje para compartir con los croatas esa alegría que se advierte en Split.

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